El perro de madera
Fuensantas no era alguien sin problemas, mas el dinero siempre lo solucionaba todo. El dinero y los contactos, claro. Mientras se tuviera tanto lo primero como lo segundo, uno podía sentirse bien preparado para dar la cara al mundo. Contra más importante era la cantidad de dinero y contactos, proporcionalmente también lo era el poder. El poder en una ciudad, en un círculo... sobre otras personas.
A Fuensantas no le daba miedo la vida. Lo tenía todo y sin trabajar demasiado, aunque las reuniones con los socios fueran cada vez más tensas. No obstante, contando con el número de lujos que su vida social le permitía, las tensiones se olvidan pronto. Una mujer, con la parejita de hijos. Un coche para él, otro para la mujer y de aquí poco para el niño y la niña. Todos con móbil, él dos. Casa en una urbanización cerca de la ciudad, con autopista para llegar sin atascos. Segunda residencia en el mar. Otra casa en el extranjero, en el campo, en algún lugar poco conocido. Un yate. Todos los bienes materiales que podamos imaginar los poseía Fuensantas. Tenía éxito. Tenía una o varias amantes. Y el perro, no podía faltar.
Triguero era un hombre sencillo y fuera de lo común. Vivía en el campo, en un bosque, donde había instalado una cabaña. Trabajaba un huerto y con unas cuantas simples herramientas hacía utensilios de madera. Con ello ganaba el poco dinero que necesitaba para subsistir. Hacía sobretodo cosas para la cocina. Cucharas, tenedores y cuencos. Todo en madera. Iba por los mercados y allí los vendía. Lo que más le apasionaba era hacer animales y otras cosas, más raras, con la madera. Estos trabajos nunca los vendía, lo hacía por el placer y los solía regalar. Triguero no tenía muchos amigos, pero los pocos que tenía eran un tesoro muy valioso para él. Los cuidaba y les agradecía su existencia siempre que podía. Podríamos decir que Triguero era un hombre solitario con alma de bonachón y con la necesidad de sentirse tranquilo.
Un día cualquiera, sin saber como ni porque, Fuensantas se encontró en una reunión pijo-alternativa para tratar un negocio que, finalmente, ni le interesaba ni le reportaría un gran beneficio, siendo esta la causa de que el negocio no le interesase, pues de que se tratase le daba igual, lo importante era el dinero. Para colofón final, sus posibles socios, es decir, sus posibles esclavos, perdonen la equivocación, les había llevado a visitar un mercado de artesanos donde lo más interesante era ver tanta gente sin recursos en la vida en el mismo sitio. Fuensantas estaba agotado y solo pensaba en volver a la ciudad para darse un baño en su piscina privada climatizada y calentarse para olvidar el frío que estaba pasando en aquel lugar perdido y lleno de barro.
Sin quererlo, Fuensantas se fijó en un perro tallado en madera de unos diez centímetros, el cual era muy parecido al suyo. No es que le prestara una atención embobada, sino que pensó que aquello le haría gracia a su mujer con la que había mantenido una fuerte discusión sobre dinero hacía poco. El perro de madera le gustaría, se reiría, jugaría con el perro, el de verdad, y luego harían las paces, sin hacer el amor por entendido. Dejando de prestar atención a las explicaciones de sus esclavos, Fuensantas se dirigió al tenderete donde estaba el perro, ni siquiera se fijó en el vendedor. Al ver que no había un precio, entonces miró al hombre, de aspecto abandonado y frágil, que atendía el comercio. De primeras le daba pena aquel mísero y de malas maneras le pidió un precio para el perro de madera, sacando de su monedero tantos billetes de 100 euros que casi no le cabían. Aquel hombre no le contestó, entonces Fuensantas le miró a los ojos y al instante bajó la cabeza humillado. Nunca se había sentido así, porque nunca nadie lo había mirado como lo hizo aquel hombre. Quiso sobreponerse y levantó la cabeza de nuevo con aire vanidoso, con los humos subidos y un mal humor de creciente a explosivo. Soltó dos billetes de 100 euros sobre la mesa y se propuso coger el perro de madera, con tal ímpetu que resbaló en el barro y cayó manchándose de arriba a bajo. Todo el mundo le miraba, algunos reían y sus esclavos vinieron rápidos a ayudarlo. El hombre del tenderete se dirigió hacia él sin haber cambiado la mirada. Simplemente, le quitó el perro de las manos y le devolvió el dinero. Fuensantas se fue sin soportar el bochorno de saber que la gente se reía a su costa. No se despidió de sus esclavos, ni siquiera volvió a hablar con ellos ya que aquella tarde, volviendo con el coche a la ciudad, pensando más en su vanidad que en la carretera, tuvo un accidente empotrando su coche contra un camión y Fuensantas nunca se metió de nuevo en la piscina privada y climatizada, sino que fue el profesor de alemán de su hija quien cogió el relevo.
Esa noche, Triguero, al finalizar de ordenar todas sus creaciones y tomar un aperitivo con el resto de participantes del mercado de artesanos, pensó un momento en lo sucedido con el señor de negocios vanidoso. Recordó como le habló mal y también como bajó la cabeza luego de mirarle a los ojos. Triguero no era un hombre que se creiera superior, pero si sincero, por lo que creía que ese hombre era frágil, escondiéndose detrás de una máscara de hipocresía, sino no se explicaba porque aquel hombre reaccionó de aquella manera luego de bajar la cabeza cuando vio que él lo miraba con la pena que puede producir un humano de su condición.